Comunicación eficaz

15. La gestión emocional

Una vez definidos los conceptos de emoción y motivación y como nos afectan en la vida cotidiana vamos a profundizar en las técnicas que nos pueden ayudar a mejorar nuestra gestión emocional.

El primer paso para alcanzar una gestión emocional funcional y adaptativa, enfocada en el logro de nuestros objetivos, consiste en aprender a identificar nuestras propias emociones y ponerles nombre. En muchas ocasiones nos encontramos que sentimos algo positivo o negativo pero no sabemos muy bien de qué se trata y simplemente actuamos impulsivamente en función de esa valencia.

Es imprescindible comprender que cada emoción es diferente y que podemos diferenciarlas haciendo una introspección sobre qué es lo que sentimos y cual es la causa de ese sentimiento (por ejemplo, cuando sientes un malestar inespecífico que te impulsa a actuar de malas maneras, distinguir si se trata de tristeza, enfado, miedo u otra emoción negativa y asociarla a la memoria o la situación que la ha generado para actuar en consecuencia y no ir comportándonos de manera confusa o incoherente).

Identificar emociones no es fácil en un inicio, sin embargo cuenta con la ventaja de que se trata de un aprendizaje más y que mejora con el mero hecho de repetir este acto de conciencia sobre lo que sentimos. Poner nombre a nuestras emociones genera que sea más fácil este aprendizaje ya que somos seres que basan su razonamiento y memoria en el lenguaje, que es el que nos facilita la gestión cognitiva de nuestros comportamientos.

El segundo paso para una adecuada gestión emocional pasa por aprender a asociar nuestras emociones con sucesos concretos (personas, lugares, momentos, recuerdos, etc.) de manera que identificamos huellas de memorias específicas con emociones específicas, evitando confusiones o malentendidos con uno mismo y con los demás. Aunque no siempre vamos a encontrar la causa de una emoción (a veces nos sentimos de una manera y no sabemos por qué y, a pesar de intentar encontrar su origen, no lo conseguimos) es importante al menos intentarlo el máximo de veces posible.

El tercer paso para una adecuada gestión emocional consiste en comunicar a las personas de nuestro alrededor la emoción que estamos sintiendo y la causa (si la sabemos), facilitando el entendimiento, la comprensión y la empatía para con nuestra conducta. Es vital cambiar el foco de la comunicación de lo que hace o dice la otra persona a la emoción que nos hace sentir, desculpabilizando y no juzgando los actos de los demás en función de las emociones que nosotros sentimos al respecto (por ejemplo, nos sentimos enfadados por algo que ha dicho alguien y le transmitimos que aquello que ha dicho nos hace sentir mal, cambiando el foco de lo que ha dicho a lo que sentimos, evitando que pueda sentirse culpable de nuestras emociones).

El cuarto paso para la gestión eficaz de las emociones consiste básicamente en aceptarnos como personas “sintientes”, esto es, que sentir emociones es natural y que no es malo en sí mismo, todo lo contrario: es extraordinario y fabuloso poder percibir la magnitud de las emociones en todo su esplendor (tanto las positivas como negativas porque todas tienen un sentido adaptativo), pero sin dejar que sean prioritarias a la hora de comportarnos, equilibrando nuestro cerebro emocional con nuestro cerebro racional. Al respecto cabe destacar que las emociones se generan al activarse una serie de núcleos cerebrales que facilitan la liberación de unas sustancias en nuestros circuitos neuronales, y que esas sustancias tienen un tiempo de actuación limitado: ninguna emoción se mantiene eternamente, sino que va perdiendo intensidad y se minimiza o desaparece en un período de tiempo definido. Por ello sentir emociones de una manera natural permite que podamos dejar que fluyan sabiendo que en algún momento cercano se reducirán a su mínima expresión o se apagarán.

El paso final, o quinto paso, consiste en actuar en consecuencia a la valencia de la emoción y de nuestros objetivos: si se trata de una emoción negativa la dejo fluir, dejando que se minimice de una manera natural y defino mi comportamiento no solo por la emoción, sino también por el razonamiento subyacente sobre ella (porque la sentimos) buscando soluciones y equilibrando nuestro yo sintiente con nuestro yo pensante. Si se trata de una emoción positiva, la pauta más eficaz es maximizarla y permitirnos disfrutarla con magnificiencia, y actuar (al igual que en el caso anterior) de una manera equilibrada entre lo que sentimos y lo que pensamos que nos acerca a nuestros objetivos. En la medida de lo posible siempre hay que compartir nuestras emociones con los demás para facilitar una relación agradable y que nos acerque a nuestro objetivo más importante: SER FELICES.

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14. Las emociones ¿qué son y cómo nos afectan?

Las emociones las sentimos constantemente, sin embargo nadie nos ha explicado en qué consisten o cómo nos afectan, información que nos ayudaría sobremanera a aprender a gestionar nuestras propias emociones.

La palabra emoción significa “hacer mover”, y está muy relacionada con la motivación (“mover hacia”). Quizá este significado es más obvio ya que cuando algo nos agrada, gusta o interesa nos genera una cierta inquietud para ”movernos hacia” eso (nos motiva).

El concepto de emoción es un poco más complejo debido a sus connotaciones históricas: cuando éramos seres primitivos nuestro cerebro era mucho más pequeño de lo que es ahora, y dos de sus estructuras principales eran la amígdala y el hipotálamo, que son los centros donde se generan las emociones. La función de las emociones en ese momento era muy relevante y consistía en la supervivencia: cuando uno de nuestros antepasados sentía una emoción intensa (por ejemplo, el miedo) ante un estímulo que le generaba incertidumbre o malestar se activaban estos núcleos cerebrales y conectaban con la parte de acción de nuestro cerebro iniciando una secuencia conductual de huida o ataque, que favorecía su supervivencia (por ejemplo, si se trataba de un animal, huyendo o atancándolo se aseguraba de sobrevivir).

A lo largo de los años de evolución del ser humano nuestro cerebro ha crecido, especialmente en las áreas frontal y prefrontal, que son las encargadas de nuestro pensamiento racional. Sin embargo seguimos manteniendo los mismos núcleos emocional que se activan e inician comportamiento de huida/ataque (miedo), aproximación (amor) o distanciamiento (asco) en función del tipo de emoción y la intensidad sentidos. En la actualidad, en nuestra sociedad, las emociones ante situaciones de peligro real mantienen esa función antigua de supervivencia, pero no tienen el mismo sentido en nuestro día a día, en el que no es funcional ni adaptativo responder a los estímulos con los comportamientos primitivos que provocan. Esto es fácil de identificar en situaciones de condicionamiento emocional, por las que ante una situación en la que hemos sentido una emoción intensa nos sentimos impelidos a actuar de manera impulsiva por la emoción que nos ha generado, incluso aunque nos suponga una pérdida de oportunidades o de bienestar. Un ejemplo de emoción negativa intensa que nos puede generar este tipo de respuesta es el miedo a un objeto o situación (llegando incluso a desarrollar patologías como las fobias), y un ejemplo de emoción positiva intensa es el amor (llegando incluso a padecer situaciones perjudiciales para uno mismo por sentirse enamorado de otra persona y desear por encima del propio bienestar el bienestar del otro). Todo ello limita nuestras vidas aunque nuestras vidas no dependan de ello (ya no sobrevivimos por huir de algo que nos genera miedo, o por cumplir todos los deseos de una persona que amamos).

Las emociones son comunes a toda la humanidad y los estudios científicos muestran que las emociones básicas nos afectan a todos en función de su intensidad y su valencia (positiva/negativa). El hecho de desconocer su funcionamiento nos lleva habitualmente a actuar de manera impulsiva sin tener en cuenta las consecuencias, lo que puede llegar a perjudicarnos.

El simple hecho de saber que las emociones existen, poder ponerles nombres e identificar en que situaciones, con que personas o que circunstancias se activan nos ayuda a decidir que deseamos hacer con nuestra conducta.

Esto no significa que no tengamos que sentir las emociones, sino todo lo contrario: es maravilloso sentir emociones y dejarlas fluir, ya que es lo que nos define como personas, pero podemos delimitar el alcance que tiene sentir emociones en nuestro comportamiento y nuestras conductas, de manera que seamos consecuentes con nosotros mismos y eficaces con nuestros objetivos.

El ejercicio adecuado para iniciar el trabajo de gestión emocional consiste en iniciar una observación (a ser posible sistematizada en forma de registro) para aprender a conocernos a nosotros mismos respecto a nuestras emociones. Un registro que puede ayudarnos en este proceso puede incluir las situaciones en las que hemos sentido emociones intensas, día y hora, lugar, personas que nos acompañaban, nombre de la emoción sentida, intensidad de la misma (por ejemplo de 0 a 10) y las consecuencias que ha tenido sentir esa emoción o que hemos hecho al respecto (cual ha sido nuestra respuesta cognitiva y/o conductual a esa emoción).

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13. ¿Pensar en negativo o en positivo?

Nuestra corriente de pensamiento tiene un tema estrella en el que invertimos mucho tiempo y esfuerzo. Este tema recurrente es nuestro propio comportamiento (lo que nos sucede cada día y lo que hacemos al respecto).

Nos preocupa mucho nuestro comportamiento principalmente porque nos ayuda a interpretarnos a nosotros mismos, la imagen que damos a los demás y sentir que lo que hacemos está bien.

Hay dos factores que influyen en gran medida en como hablamos con nosotros mismos sobre nosotros mismos:

  • El primero de ellos es que en nuestra sociedad está popularizada la comunicación en negativo, centrada en el error y la crítica. Esto se da por aprendizaje desde las edades más tempranas, en las que se tiende a reñir a los más pequeños cuando su conducta no es la deseada, pero no se explica con claridad y paciencia la conducta deseada ni se premia cuando se realiza (se da por supuesto que cuando se hace bien es lo que se tiene que hacer). Por ello la tendencia es a fijarnos en las conductas erróneas o lo que hacemos mal, porque lo hemos interiorizado a través de la repetición como hábito, y esto se traduce en que la comunicación con nosotros mismos está protagonizada por lo que consideramos nuestros errores, lo que hacemos mal o lo criticable, sin dedicar apenas tiempo o esfuerzo a lo que hacemos bien, nuestros aciertos o nuestras conductas adecuadas. Una pauta que nos puede ayudar a mejorar la comunicación con nosotros mismos consiste en ser realistas: expresar los mensajes sobre nuestras conductas equivocadas, erróneas o criticables pero también expresarnos nuestras conductas adecuadas, correctas y dignas de alabanza, equilibrando de esta manera las huellas emocionales positivas y negativas que generamos en nuestro cerebro sobre nosotros mismos.
  • El segundo factor que influye notablemente en como nos comunicamos con nosotros mismos es la dificultad para afrontar la frustración cuando nos equivocamos. Procesar los errores como un estigma y asociarlos a nosotros mismos nos perjudica en gran medida, ya que no nos permite procesar el concepto de error como algo inevitable, normal y fuente de muchos de los aprendizajes necesarios para la vida cotidiana. Si no nos equivocamos no podemos aprender. Una pauta que nos ayuda al respecto sería aceptar el error y las equivocaciones, y dedicar el tiempo proporcional al pensamiento sobre las situaciones negativas que nos rodean y equilibrarlo con las positivas (que son la mayoría, y no estamos acostumbrados a focalizar y son tan o más importantes que las negativas, sobretodo a nivel emocional y motivacional).

Como reflexión y pauta final podemos intentar vivir los errores como una fuente natural de aprendizaje, maximizar el tiempo y la intensidad de los pensamientos en positivo sobre uno mismo, y generalizar este comportamiento a los pensamientos sobre los demás y sobre el mundo que nos rodea. A ser posible deberíamos intentar redirigir las conversaciones (que hoy en día son la gran mayoría) sobre lo que va mal, las dificultades, la crítica indiscriminada y lo negativo, hacia una perspectiva más positiva, de manera que generemos huellas de memoria positivas tanto en nosotros mismos como con los demás, y además permitirnos apreciar las pequeñas (y grandes) cosas, situaciones y personas maravillosas que nos rodean. Esto permite tener más buenas sensaciones y más energía a lo largo del día, e irnos a descansar por la noche con mayor bienestar, acercándonos al objetivo final de SER un poquito más FELICES.

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4. La mirada, la postura y la distancia

Sabiendo que nuestro bienestar depende en gran medida de las estrategias de comunicación que utilizamos con nosotros mismos y con los demás podemos aprender a analizar los procesos comunicativos para ayudarnos a mejorarlos.

La comunicación consta de tres aspectos claves:

  • qué decimos (los aspectos verbales o palabras que utilizamos)
  • cómo lo decimos (aspectos paraverbales como la entonación o el volumen)
  • qué hacemos mientras nos comunicamos (aspectos de comunicación no verbal y lenguaje corporal)

Para incorporar pautas eficaces de comunicación a nuestro repertorio básico de conductas en esta ocasión vamos a trabajar tres aspectos básicos: la mirada, la postura y la distancia.

Respecto a la mirada es importante tener en cuenta que el porcentaje más adecuado para mantener una comunicación fluida es alternar un 50% de mirada directa a los ojos y el otro 50% repartido alrededor del rostro (“aura”).

Por lo que concierne a la postura cabe destacar que inclinar ligeramente el cuerpo hacia la persona con la que hablamos denota interés, mientras que echarse hacia atrás manifiesta desinterés o rechazo. Asimismo si deseamos demostrar apertura y comodidad (y facilitar que la otra persona se sienta atendida) podemos mantener los brazos abiertos a ambos lados del cuerpo (o sobre las piernas si estamos sentados) con las palmas de las manos abiertas y mirando hacia arriba.

Para terminar, la distancia es un aspecto de la comunicación que depende en gran medida de la cultura: en sociedades mediterráneas la distancia considerada adecuada en una conversación cotidiana es de aproximadamente un metro. Sin embargo en sociedades más “frías” (por ejemplo en el norte de Europa o en Inglaterra) los cánones de educación implican que esa distancia sea más amplia (de 1,20 metros a 1,50 metros) ya que si una de las personas se aproxima más puede considerarse una invasión del espacio personal. En culturas más “calientes” (por ejemplo, sur de América) las distancias se acortan y el contacto físico más habitual. La distancia va a depender mucho de la persona con la que hablamos, su procedencia, el grado de confianza y el contexto en el que nos encontramos. Un truco ante situaciones en las que dudamos si una distancia es adecuada en una conversación es avanzar unos centímetros discretamente hacia la persona con la que nos comunicamos y ver si la persona se mantiene en su posición. Si percibimos que la persona recula o se va hacia atrás, debemos retroceder para acomodar la distancia.

A partir de ahora podemos observar si nuestras conductas comunicativas en lo que respecta a la mirada, la postura y la distancia nos eficaces. Si lo son nos podemos felicitar por ello, y si no lo son y deseamos modificarla podemos establecer un plan de cambio dividiendo la conducta en conductas más pequeñas (microconductas) e intentando cambiar cada vez una microconducta, en una circunstancia, con una persona en concreto e ir repitiendo hasta incorporar estos cambios como hábitos para después poder generalizarlos a más contextos.

De esta manera maximizamos las posibilidades de ser eficaces en nuestros comportamientos comunicativos y sentirnos mejor con nosotros mismos y con los demás, acercándonos a nuestro gran objetivo de SER FELICES.

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5. El vocabulario, la entonación y el volumen

Uno de los conceptos más importantes en comunicación eficaz es la adaptación a la persona con la que hablamos. Dos de las claves en esta adaptación comunicativa son el buen uso del vocabulario y de la entonación y el volumen.

Si en un proceso comunicativo utilizamos un vocabulario que no entiende la otra persona es difícil que le llegue el mensaje que queremos transmitirle. Por ello la pauta más adecuada es utilizar las palabras que mejor reflejen lo que queremos decir pero adaptado a la persona con la que hablamos (por ejemplo, el mismo mensaje lo podemos expresar de manera diferente si lo dirigimos a un niño o a un adulto, o a un amigo o un compañero de trabajo).

La idiosincrasia consiste en que cada uno de nosotros es diferente y único, por lo que adaptarnos a la idiosincrasia de cada persona facilita que los mensajes fluyan con mayor facilidad y de lugar al mínimo de errores y la máxima comprensión.

Respecto a los aspectos paraverbales de la comunicación (por ejemplo, la entonación y el volumen) cabe destacar que cada uno de nosotros suele utilizar un tono y volumen “estándar” en sus conversaciones habituales. Para conocernos mejor y conocer este tono y volumen estándar podemos grabarnos y escucharnos, ya que la voz que escuchamos de nosotros mismos es diferente a la que escuchan los demás porque tiene un componente de resonancia en nuestra caja torácica. Si nos resulta inadecuado o poco adaptativo tras observarnos (recordemos que no podemos modificar algo que no hemos observado) siempre podemos recurrir a realizar aprendizajes para cambiarlo y alcanzar un tono y volumen que resulte más coherente y verídico con lo que deseamos expresar. En cualquier caso la pauta más efectiva es aprender a modular nuestro tono y volumen de manera que podamos elegir los que mejor se adapten a las circunstancias, la persona a la que nos dirigimos y el mensaje que deseamos transmitir (flexibilizar nuestra conducta comunicativa para hacerla más eficaz).

Todo ello facilitará que nos sintamos mejor con nosotros mismos y con los demás por mejorar la calidad de los mensajes que transmitimos, y que, en definitiva, repercute en incrementar nuestro bienestar y ayudar a que nos sintamos más FELICES.